lunes, 3 de octubre de 2011

La útima cita.

Tenía tantas ganas de estar con él a solar que incluso me había preparado todas las respuestas que tenía que darle, tenía formuladas todas las preguntas que quería hacerle. Estaba impaciente por estar frente a él y sincerarme. Esa vez tenía muy claro que se acabaron los secretos, no más tapujos, por fín me había decidido a contarle toda la verdad.
A medida que se acercaba la hora de la citación mi corazón bombeaba sangre con más intensidad, y en menos tiempo. Estaba convencida de que o terminaba nuestra historia de una vez, o empezaba la de verdad, y quería creer más en la segunda opción.
Había pensado mil maneras de explicarle cómo había llegado a ese punto, había especulado las mil y una preguntas que posiblemente me haría y me las había contestado a mi misma. No quería dejarme nada sin hablar. Quería ser clara y concisa, quería demostrarle que sí podía ser y que yo tenía toda la ilusión, quería decirle que lo quería por primera vez. Me preparé para la ocasión, quería gustarle en ese momento, quería sentirme capaz de conquistarlo, quería creer que lo había hecho. Había imaginado el final de aquella conversación, un beso, que querría decir un "sí". Tenía, por otro lado, verdadero pavor, podía ser el final de todo, y nunca quise que terminara. La hora llegó y no tuve señales de él. Las manecillas del reloj burlescas se movían más despacio que nunca, pero a la vez tan rápido que ni me di cuenta de que habían pasado casi dos horas desde la hora que habíamos acordado. No podía creer que no viniera, no quería creerlo, y lo excusaba con mil motivos que no tenían sentido. Lo llamaba, porque a veces se me pasaba por la cabeza que algo malo le hubiese sucedido, y no hallaba respuesta a la fatídica pregunta que me bombardeaba la cabeza. Entonces el teléfono sonó. No iba a venir ni hoy, ni nunca más. Entonces sentí el dolor más grande que jamás había experimentado, fue un vacío tan grande que por un momento me evadió de la realidad. Todo se me nubló y fui incapaz de escuchar nada. Casi perdí el conocimiento. Nunca más volvería a verle.

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